Sentado
en tu sitio en la clase de filosofía, a tu izquierda ves la pizarra, tres
compañeras; y al profesor. Delante de ti, ves las miradas cómplices de
compañeros, que como tú, se encuentran algo perdidos. En la derecha observas a
la gente mirando al profesor, con el esfuerzo de entenderle reflejado en sus
caras. Cuando este formula alguna que otra pregunta, por tu mente pasan miles
de contestaciones posibles. Pero ¿porqué no las formulas en alto?, hay algo en
tu mente que te dice, adelante, te obligo a decirlo, pero, otra parte dice, no
es la respuesta correcta, te desvías demasiado del tema, no es lo que el
profesor busca de ti, y es esta última reflexión la que te hace callarte. Para
un alumno de bachillerato, que necesita mucha nota para poder estudiar lo
desea, se hace la pregunta una y otra vez, aunque no quiera, de, ¿Es lo que el
profesor quiere?, porque si no es lo que quiere, la nota baja, tu media baja, y
puede que no te dé para estudiar lo que quieres. Es imposible que esta
reflexión no pase por tu cabeza, por tu mente, y es la te incapacita para
dejarte expresar, ofreciendo el silencio como mejor respuesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario